Ya han pasado varios meses desde que te vi por primera vez en persona, y sin embargo la escena sigue tan viva en mi mente, que a diario gozo de repasar cada mágico minuto de ese 24 de junio.
Sin una pizca de nervios, me dirigí al encuentro pactado, esperando que asistieras. Imaginando conversaciones, situaciones, temas, reacciones... Repasaba en una conversación imaginaria cada respuesta, esperando hacerlo bien, pronunciar todas las "s" y no tartamudear.
20.20pm, metro Universidad Católica, 10 minutos antes...
La ansiedad comenzaba a jugar conmigo. Concentré toda mi atención en ver la mayor cantidad de caras posible para encontrarte primero. Un juego que inventé para pasar el rato e intentar ganarle a la ansiedad que me aventajaba.
Personas a mi alrededor, personas al otro lado de la calle...en cada una de ellas puse una gota del deseo de querer que fueras tú.
Personas a mi alrededor, personas al otro lado de la calle...en cada una de ellas puse una gota del deseo de querer que fueras tú.
El juego hizo que olvidara por un rato el frío que comenzaba a caer sobre Santiago, pues por ser viernes, la cantidad de rostros y el flujo apurado de la masa hacía que ya el juego se transformara en un reto.
Uff...un descanso; caminé tres pasos hacia el borde de la escalera que lleva al interior del metro y en ese preciso instante sucedió...no podía creerlo.
Fué automático. Nuestras miradas se cruzaron al instante.
Desde ese momento, que duro a penas unos segundos, entendí que el lenguaje que aprendí desde pequeño, que llevaba usando a diario por 33 años para comunicarme con el resto de los seres humanos, el mismo lenguaje que surgió hace 16 siglos, ya no me serviría para describir lo que sentí en ese momento.
Cada uno de los poemas que leí durante mi vida...nada de eso servía. Nada podía compararse.
Mi vida cambió. Y pude darme cuenta porque bastó con verte a los ojos mientras subías esa escalera, mientras acortabas la distancia que nos separaba con cada paso que dabas.
Pude darme cuenta, con la sonrisa que me regalaste dibujada en tu rostro, que el tiempo transcurrió más lento. Qué todos los sonidos de ésta inmensa ciudad se difuminaban hasta enmudecer. Qué el resto de las personas a nuestro alrededor se transformaban en objetos inanimados sin ninguna importancia. Que todo el cuadro a tu alrededor se tornaba difuso, sin sentido. Que solo tu rostro era alcanzado por absolutamente toda mi atención, por todos mis sentidos.
Pude darme cuenta, con la sonrisa que me regalaste dibujada en tu rostro, que el tiempo transcurrió más lento. Qué todos los sonidos de ésta inmensa ciudad se difuminaban hasta enmudecer. Qué el resto de las personas a nuestro alrededor se transformaban en objetos inanimados sin ninguna importancia. Que todo el cuadro a tu alrededor se tornaba difuso, sin sentido. Que solo tu rostro era alcanzado por absolutamente toda mi atención, por todos mis sentidos.
Supe en ese instante que el universo entero, esa noche, no existía. Solo existíamos tu y yo.
